El hecho de que el término cultura haya escapado de los dominios de la antropología para designar conjuntos de prácticas y de creencias que forman colectivos, es menos un caso de metaforización que un signo de nuestros tiempos. Traspasando viejas fronteras y postulando otras, las culturas contemporáneas establecen nuevas acepciones para términos como cercano, dentro, propio, nuestro, mismo. En la práctica, como apropiaciones, son los consumos diferenciados de los individuos antes que la geografía aquello que con mayor claridad construye las comunidades, según establece García Canclini (1990). Si cultura es aquello que se requiere para actuar como miembro de un grupo humano (Priest, 1996), la virtualización de los grupos y la habilitación de lo virtual en la conciencia, requiere dotar no sólo de extensiones semánticas a los conceptos involucrados en las definiciones, sino también aceptar que ciertas prácticas de ejecución y de recepción están mediadas por sistemas de extensión escindida: de un lado, suponen la trascendencia espacial de los desempeños y, del otro, parecen agotar su valor en la temporalidad del acto, lo que impone una acepción paradójica de comunidad ubicua en el espacio y tenue en el tiempo. Lo efímero no es sólo la marca del presente, sino también la forma que hoy asume el pasado si memoria es ejercicio.